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La Pascua es una «historia» que se transmite y un «acontecimiento» que continúa. No se trata simplemente de un día de fiesta en el calendario religioso, aunque a veces pueda parecerlo; tampoco es un acontecimiento anual. Sin embargo, siempre hay un poco de todo eso si nos fijamos en la naturaleza repetitiva de nuestras vidas, en la naturaleza cíclica del calendario y de los hábitos, para que no nos olvidemos.

En la liturgia diaria de la Misa, la Iglesia se dirige a Dios diciendo: «Así, Padre, al celebrar ahora el memorial de la muerte y resurrección de tu Hijo, […] y te damos gracias (oh Padre)» (Plegaria Eucarística). En estas palabras está el corazón de la Pascua: celebramos la muerte y resurrección de Jesús, agradeciendo al Padre el amor que nos ha mostrado en Él, nuestro hermano. Melitón de Sardis, en un famoso sermón de Pascua, prefiguró a Jesús como un cordero: matado en Abel, atado de pies y manos en Isaac, extranjero en Jacob, vendido en José, depositado en las aguas en Moisés, perseguido en David, deshonrado en los profetas, inmolado al atardecer, enterrado de noche, no sujeto a la corrupción, porque Dios lo resucitó sacándolo del sepulcro y haciendo que la humanidad volviera a vivir en él. El plan insondable de Dios se convierte en el «signo» o «sacramento» de la salvación. La Pascua es el sacramento de la gracia.
Jerusalén, con su tumba vacía, es el lugar del acontecimiento, pero en el momento de la Resurrección, un temblor sacude la Ciudad Santa, superando los límites del tiempo.

El Señor que le hablaba

El libro del Éxodo nos cuenta que Moisés, impresionado por la teofanía o manifestación poderosa del Señor que le hablaba, buscó un escondite en el Sinaí, tan grande era su sorpresa y su temor: «te pondré en la hendidura de la roca y te cubriré con mi mano» (Ex 33,22), le dijo el Señor; y Moisés vio un poco de la gloria de Dios. En esa «hendidura de la roca» se vislumbraba la tumba de Jesús excavada en la roca, y en ese «te cubriré con mi mano» había un piadoso gesto de afecto, casi una última caricia del Padre al inmolado Hijo del Hombre e Hijo de Dios; el seno original de María había sido sustituido ahora por el vientre de la tierra fría.

Pero no podía terminar así. «Después retiraré mi mano», había dicho el Señor a Moisés, y comenzó una nueva vida. ¡Jesús ha resucitado! La resurrección es la nueva vida de Jesús; no es un reanimado, muerto solo en apariencia; su vida no es la misma que antes. En Él hay vida nueva y con ella va delante de sus discípulos y de nosotros a esa «Galilea» de las naciones donde nos humilla nuestra existencia, nuestro trabajo, nuestras enfermedades, nuestros miedos y nuestros pecados.

 El don del Resucitado que necesitamos

La Iglesia anuncia ahora, con las mismas palabras del Ángel: «No teman […] Vengan a ver el lugar donde estaba, […] e irá antes que ustedes a Galilea: allí lo verán. Esto es lo que tenía que decirles» (Mt 28,5-7).

El encuentro con el Resucitado tiene un matiz de absoluta necesidad; es necesario restablecer las relaciones con los atribulados discípulos, nuevas relaciones que nublan sus mentes: «¡La paz esté con ustedes!» (Lc 24,36). La paz es el don del Resucitado y Dios sabe cuánto la necesitamos para reconciliarnos con la naturaleza, con nosotros mismos y con los demás, para dar sentido a la fe debilitada por la incredulidad, y para centrarnos en Cristo.

Hoy, una nueva Pascua

Estamos viviendo una nueva Pascua de resurrección, todavía envueltos (y no sabemos hasta cuándo) por las tinieblas de la pandemia del Covid-19, con sus restricciones cuadragesimales y quizás de purificación, pero también cargados de tantas esperanzas. El viaje del Papa a Irak, una tierra martirizada, muy breve pero intenso, ha suscitado expectativas de paz y reconciliación, así como posibilidades de diálogo y entendimiento entre pueblos y religiones que siempre han estado en conflicto por la supremacía, abriendo así un horizonte que abarca todo Oriente Medio, Palestina, Siria y todos los continentes.

El encuentro de los caldeos en Ur tuvo -yo diría- un profundo sabor universal: Ur era la patria de Abraham, el hombre que creyó y al que Jesús hace referencia explícita para la Pascua: «Abraham […] se estremeció de gozo, esperando ver mi Día: lo vio y se llenó de alegría» (Jn 8,56). Abraham vio el día de Jesús y al mismo tiempo el día de su resurrección, alegrándose en lo más profundo de su ser, porque en este Hijo «nuevo» se cumplía la promesa de convertirse en padre de una multitud de naciones (cf. Gn 17,5-8).

En Pascua, ahora podemos levantar la mirada hacia el Señor Resucitado que fue traspasado y cuyas heridas se volvieron gloriosas. No hay que olvidar. Jesús cumple las promesas de la alianza con Abraham, y su resurrección las hace eternas. Por tanto, el Resucitado tiene un significado para nuestras vidas y para la humanidad.

Como Caballeros y Damas del Santo Sepulcro, sabemos que podemos aportar nuestra contribución a la paz y al bien; somos guardianes y misioneros del anuncio pascual: ¡La paz esté con ustedes, el Señor ha resucitado verdaderamente!

¡Felices Pascuas!

Fernando Cardenal Filoni