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La Cuaresma, con el acompañamiento diario de la Palabra de Dios, nos ha guiado hacia la Pascua. Una Cuaresma, la de este año es completamente única debido a la concomitancia de una pandemia (Covid-19) que ha trastornado el mundo y nuestros planes; sin embargo se ha convertido para muchos en un período de profunda reflexión sobre nuestra existencia («¿Quién es el hombre?»), el misterio de Dios («Oh Dios, ¿dónde estás?») y nuestra relación con Él («¿Quién soy yo para Dios?»). Una respuesta filosófico-antropológica no es de interés aquí.

La Sagrada Escritura nos revela que el Creador, «insufló en su nariz aliento de vida; y el hombre se convirtió en ser vivo» (Gén 2, 7); pero debido a la pérdida de conocimiento y a su alejamiento de Él, «en muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios» (Heb 1, 1); esto, sin embargo, no parecía ser suficiente porque el miedo y el dolor siempre han seguido atormentándonos, hasta el punto de hacernos creer que, en el silencio de una respuesta que nos hubiera gustado tener, había pruebas de la ausencia de Dios. Sin embargo, Jesús con su encarnación se convirtió en la respuesta completa de Dios y la tumba vacía, donde todo parecía desvanecerse, no representaba realmente el vacío de Dios, sino el seno materno que estaba a punto de revivir de nuevo; una vida que sería diferente a la anterior. La Pascua, en la humanidad afligida por el dolor y el inmenso mal que a veces parece abrumarla inexorablemente (¡cuántos males, cuántas guerras, cuánta violencia personal!), se convierte en una nueva profecía; es la reanudación de la relación entre Dios y su criatura: «¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré. Mira, te llevo tatuada en mis palmas» (Is 49, 15-16). ¡Esta es la Pascua de Jesús para nosotros!

Queridos hermanos y hermanas, ante el asombro de María Magdalena, las otras mujeres, Pedro y Juan ante la tumba vacía, estamos invitados a acoger el anuncio del Ángel: «No temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: ¡ha resucitado!… y lo veréis» (Mt 28, 5-7).

Quisiera renovar el mismo anuncio a todos y extenderlo a cada Miembro de nuestra Orden, con la esperanza de que el misterio de Jesús resucitado produzca gran alegría, traiga paz y un espíritu renovado. Con María, la madre de Jesús, las mujeres y los hombres que vieron morir y enterraron al Señor, sean ahora testigos de su resurrección.

Fernando Cardenal Filoni