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En esta pandemia (Covid-19), que ha transformado nuestros proyectos de vida, sacudido nuestras certezas sistemática y científicamente construidas, que ha trastornado el mundo con sus dramáticas escenas de muerte, personas contaminadas, aislamiento forzado, relaciones interrumpidas, trabajo en crisis, y que ha mostrado los límites de nuestros algoritmos casi infalibles, nos preguntamos: ¿cómo pudo escapar a nuestro control? ¿Qué salió mal? ¿Qué hacer o no hacer? ¿Cuánto tiempo durará? ¿Cuántos moriremos? Afloran entonces el miedo, el resentimiento, el dolor, la esperanza; realizamos ritos, gestos de generosidad; expresamos necesidades, sanamos, enterramos, hacemos cremaciones; pero ¿dónde está Dios en todo esto?

Parece que la oración no encuentra respuesta. ¿Dios está escuchando? ¿Y por qué está pasando todo esto? ¿Es algún fallo por nuestra parte lo que nos impide encontrar una respuesta?

Nos falta la «pieza clave» que cierra el artefacto, el cielo del edificio, el arco de un puente, con el riesgo de que todo se derrumbe, de que todo sea inútil. ¿Dónde está Dios? Esta misma pregunta íntima y profunda aparece una y otra vez.

¿Es el mea culpa un rito, un acto inducido por circunstancias incontrolables? ¿Es el fruto o la consecuencia de un error por nuestra parte? ¿La pregunta «¿Dónde está Dios?» es superflua o innecesaria? ¿Y Dios tiene que ver algo con esto o no?

Tiene sentido preguntar: «¿Dónde está Dios?» ¿Qué respuestas tenemos? ¿Las hay? ¿Algoritmos? Ellos también se remiten a otros algoritmos.

La finitud nos lleva a no tener una respuesta que sea en sí misma existencial. Lo mismo ocurre con Job en la Biblia. Las respuestas están pensadas para preguntas concretas. Si así fuera, nos quedaría tan solo un vacío sin respuesta.

A menos que levantemos la vista, no para tener una respuesta pequeña sobre el caso que hay que resolver, sino para saber: si Dios no existe o no tiene lugar en esta crisis, ¿significa esto que todo está encerrado en la finitud del flujo de la vida? Si Dios está ahí, reconozco no la necesidad de una respuesta, sino más bien de una «remisión».

El «Todo está cumplido» que dijo Jesucristo en la cruz es una «remisión» al Padre («E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu» [Jn 19, 30]), a quien se confía definitivamente por ese mysterium vitae que lo había conducido a la tierra como una parte viva de ella.

La paternidad (de Dios) no excluye los límites que él mismo se impuso a sí mismo en su «paternidad».

La pregunta entonces vuelve a nosotros. No para cuestionarnos y buscar de nuevo el sentido de una respuesta poco fiable, sino para tener el sentido de un comportamiento, contra cualquier tentación adicional: vivir como si Dios no existiera, o someterlo todo a un castigo divino, como parte penitencial; la única alternativa es la de «entregar» de nuevo todo a Dios, aceptando que en este «tiempo del hombre», el tiempo presente, no se excluye el acto de remisión confiada:  «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu», donde todo concluye: «Y, dicho esto, expiró». (Lc 23,  46)

La pacificación del alma reside en el retorno a la paz inicial de la que todo parte: la “nada” o “Dios”. Si de la nada viene la nada, sólo queda Dios. Hay un lugar para Dios, pero está contenido en el mysterium vitae.

Sin embargo, el bien realizado permanece. Su crédito sigue siendo inextinguible. El bien nos pertenece y eso tiene sentido; pero el crédito, que es de orden moral y espiritual, pasa a las manos de Dios. El bien no se extingue.

En la tumba vacía de Cristo está el vacío de nuestras expectativas, no el vacío de Dios. En el silencio se encuentra el silencio de la respuesta esperada, no el silencio de Dios.

¡Mientras aguardamos la Pascua!


Fernando Cardenal Filoni